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El Covid-19 y el altruismo de los Bancos centrales

El Covid-19 y el altruismo de los Bancos centrales

Con la extensión global del Covid19, a los gobiernos del mundo, no les quedó otra alternativa que poner deliberadamente a sus economías en una especie de coma inducido que paralizó la producción global y el intercambio normal de bienes y servicios. Una decisión generalizada que produjo, por primera vez en la historia, una recesión resultado de decisiones políticas explícitas para evitar un desastre de salud pública a gran escala.
El impacto repentino requirió una respuesta política rápida y masiva. Las acciones de los bancos centrales volvieron a poner de relieve su papel central en la gestión de la crisis, recortando rápidamente las tasas de interés oficiales y lanzando medidas de balance a gran escala. Esto llevó a los bancos centrales a la vanguardia nuevamente, al poder movilizar recursos financieros más rápido que cualquier otra autoridad. Y, de hecho, en los meses posteriores a las primeras actuaciones y, a medida que la economía global continúa sufriendo como resultado de las medidas de bloqueo que limitan la actividad económica, gran parte del mundo ha mirado primero a los bancos centrales como los salvadores más probables que pueden restaurar inmediatamente la estabilidad financiera.

Pero, ¿cómo ha afectado exactamente la pandemia a los bancos centrales y cómo están respondiendo a los desafíos únicos que continúan planteándose hasta el día de hoy? Pocos dirían que no han sido rápidos y contundentes en sus respuestas en general, inicialmente para contener la inminente tensión financiera y asegurar la continuidad sin problemas de la provisión de crédito a hogares y empresas. En este sentido, las lecciones aprendidas de la crisis financiera de 2008 ciertamente han ayudado, especialmente dada la similitud en la magnitud de los choques económicos que ocurrieron en ambos casos.
Al analizar cinco de los bancos centrales más importantes del mundo (los de Estados Unidos, la eurozona, Japón, el Reino Unido y Canadá), es evidente que todos implementaron el conjunto completo de políticas de gestión de crisis a su disposición en marzo y abril cuando el virus se convirtió por primera vez en una pandemia mundial. Las tasas de interés de referencia se han reducido drásticamente a casi cero y, en algunos casos, han entrado en la zona negativa. Los formuladores de políticas ahora tienen menos margen de maniobra para las tasas de interés, pero en la mayoría de los casos, siguen comprometidos a mantener la política monetaria lo más flexible posible hasta mucho después de que se reanude la normalidad en términos de crecimiento, inflación y empleo. Y con tipos bajos, los bancos centrales también han mantenido bajos los rendimientos de los bonos, donde probablemente se mantendrán mucho después de que termine la pandemia.

Las compras de activos a gran escala también se iniciaron rápidamente, y la mayoría de los bancos centrales se comprometieron con la flexibilización cuantitativa (QE) durante algún tiempo. Esto ha aumentado sus balances a niveles sin precedentes históricos. Para comprender la escala de sus esfuerzos, los balances aumentaron, en promedio, un 10% del PIB durante los primeros tres meses de la crisis y los escenarios razonables implican un aumento general de entre el 15% y el 25% del PIB antes del primer trimestre de 2021. Y visto lo visto, están claramente cumpliendo con estas expectativas.
Si bien limitar estas expansiones sin precedentes no parece ocupar un lugar destacado en las listas de tareas pendientes de la mayoría de los bancos centrales en la actualidad, esto no puede durar eternamente ni crecer sin límite, pues las consecuencias a largo plazo son indeseables ( japonización económica, empresas zombificadas, nulo crecimiento económico sano, posibilidad de hiperinflación, etc..) y al igual que en cualquier empresa, el balance de los bancos centrales requiere de ser administrado.
Sobre la mesa debe ponerse la opción de la relajación cuantitativa antes que los Bancos centrales se queden sin activos aptos que comprar.

Los cinco bancos centrales también han establecido o aumentado el tamaño de sus programas de compra de papel comercial y bonos corporativos, mientras que el Banco Central Europeo (BCE) amplió la elegibilidad a papel comercial no financiero. La Reserva Federal de los EE. UU. (Fed) compró bonos de grado de inversión por primera vez y luego extendió la elegibilidad para bonos posteriormente rebajados, ya sea directamente o mediante fondos cotizados en bolsa (ETF), y el BCE también extendió la elegibilidad para bonos rebajados con los recortes apropiados . Mientras tanto, el Banco de Japón (BoJ) cuadriplicó sus compras de papel comercial y bonos corporativos, y el Banco de Inglaterra anunció que al menos el 10 por ciento de los 200.000 millones de libras esterlinas de compras adicionales en virtud de su Mecanismo de compra de activos (APF) involucrarían bonos corporativos.
En cualquier caso, lo que ha sido especialmente diferente acerca de esta crisis económica particular con respecto a la de 2008 han sido las políticas liberales que los bancos centrales han promulgado esta vez para garantizar que el crédito continúe fluyendo hacia los hogares y las empresas.

Dicho crédito no fue tan fácilmente accesible durante la crisis financiera global del 2008, pues el apoyo financiero se orientó significativamente más hacia el sector bancario en comparación con la crisis actual. Estas diferencias son en parte un reflejo de la naturaleza diferente de las dos crisis. La crisis de 2008 golpeó los mercados financieros primero y luego se propagó lentamente a la economía real, lo que afectó negativamente la confianza y endureció las condiciones crediticias para empresas y hogares. En contraste, la pandemia de Covid-19 ha impuesto severas medidas de contención que afectaron primero a la economía real y luego se propagaron al sector financiero.
Pudiendo parecer que los Bancos centrales son infalibles , salvíficos y que actúan por puro amor a la humanidad, esto no es del todo cierto, pues la pandemia ha puesto su maquinaria de impresión de billetes a toda máquina pero la ganancia que un banco central puede obtener a través del proceso de creación de dinero - específicamente la diferencia entre el dinero recibido por la emisión de moneda y el coste de producirlo y distribuirlo- compensa con creces este esfuerzo coordinado pero ni altruista ni gratuito. El crecimiento sustancial de los balances de los bancos centrales haya llevado a un fuerte crecimiento en otros ingresos netos que es generado por activos del banco central por encima y más allá del valor del efectivo emitido. Esto es similar a lo que sucedió durante la crisis financiera mundial, cuando en el período posterior a 2008, los resultados financieros promedio de los siete bancos centrales aumentaron de forma importante. A día de hoy, con los siete bancos centrales expandiendo sus balances más todavía que en aquel entonces, lo más probable es que se haya registrado un fuerte crecimiento en su variable de “otros ingresos”.

Los bancos centrales y la política monetaria pueden hacer mucho durante estos tiempos tumultuosos y la expansión fiscal claramente tiene un papel muy importante que desempeñar para estimular el crecimiento, pero serían más efectivas cuando los gobiernos impulsen medidas fiscales de apoyo para contener la devastación. Medidas que ni están ni se las espera y que se están quedando en meras declaraciones de intenciones entre el populismo y la ficción fiscal o aún peor, en experimentos de pesadilla aprovechando el caos económico actual.
En cualquier caso, los bancos centrales que administran compras de deuda pública a gran escala a través de programas de flexibilización cuantitativa podrían crear una superposición entre las políticas monetaria y fiscal que no necesariamente conduzcan a resultados óptimos. Es necesario reconocer los límites de la política monetaria, pues los bancos centrales no pueden intervenir en los mercados de deuda pública a gran escala durante mucho más tiempo. Eventualmente, los límites naturales entre la política fiscal y monetaria deberán restaurarse por completo para preservar la credibilidad de los bancos centrales. Los gobiernos deberían salvaguardar la sostenibilidad fiscal, mientras que los bancos centrales deberían centrarse en sus mandatos principales de estabilidad financiera y de precios.

Pero en esta etapa en la que aún estamos lejos de concluir con certeza que el mundo definitivamente ha superado lo peor del virus y con el aumento de casos en muchos países en las últimas semanas y el restablecimiento de medidas de bloqueo más estrictas, las perspectivas para muchas economías y, de hecho, la economía mundial siguen siendo decididamente inciertas por lo que la expansión aún está lejos de completarse. Las máquinas de imprimir billetes no van a dejar de trabajar durante mucho tiempo y las políticas fiscales nacionales seguirán a la espera de sumar, de una vez por todas, su imprescindible cuota de solución en la materia.

Carlos de Fuenmayor ( Especialista en Finanzas y asociado de EFPA España) @cdefuenmayor

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